TAZAS DE CALDO, Vicente Verdú

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VICENTE VERDÚ, Tazas de caldo, Anagrama, Barcelona, 2018, 200 páginas.

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El pensamiento se suicidaría sin el lenguaje. Ya casi se ahorca incluso con él.
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La mnemotecnia ayuda a recordar, pero ¿cómo ayudarse para olvidar?
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¿El amor? He aquí la forma de soborno perfecto.
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Todos desearíamos ser invisibles, pero, simultáneamente, verlo todo.
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Estar solo es la manera más seria y productiva de mirar.
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Ser mejor no lleva a ninguna parte. Lo que hace viajar más lejos es la mejora de los demás.
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El silencio es autoridad. Si Dios no habla es debido a su suprema majestad.
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Odiar al mundo es, al cabo, incluirse en él.
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La muerte nos come. Hay animales muy carnívoros, pero ninguno posee mandíbulas tan perfectas.

EL LIBRO DE LOS SUEÑOS, Esther Tusquets

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ESTHER TUSQUETS, El libro de los sueños, RqueR Editorial, Barcelona, 2005, 160 páginas.

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Esther Tusquets edita este libro en el que reúne múltiples sueños: desde Josefina Aldecoa, a Pedro Zarraluki, pasando por Miguel Delibes, Cristina  Fernández Cubas, Pablo D'Ors o Eloy Tizón. En Por qué un libro de sueños (pp. 9-12) recuerda que «los sueños predicen lo que va a ocurrir, muestran lo que ocurrió o está ocurriendo en otro lugar, advierten de los peligros, y transmiten órdenes y consejos de los dioses o de los hombres».
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UN SUEÑO CON COSACOS Y UNA PESADILLA


   El sueño de los cosacos es un sueño maravilloso que yo dirijo, porque yo dirijo mis sueños. Hay gente que se los inventa, pero yo los dirijo. Empiezo despierta a pensar en cuando me duermo lo sigo en sueños.
   Es un sueño fabuloso y me proporciona mucha felicidad. Los cosacos van todos a caballo, y con ellos va el pequeño cosaco, que soy yo, y al frente de todos va el jefe, el viejo, que lleva un gran sombrero de pieles, y vamos hasta una gran pradera, y entonces los cosacos encienden una gran hoguera, y quitamos las sillas a los caballos, las ponemos en el suelo, las dejamos allí, y los cosacos se ponen a cantar. Y aquí es donde yo me empiezo a dormir de verdad, y a entrar en el sueño con los cosacos, cantando... Es una verdadera maravilla. Una acampada de cosacos, que comen y cantan y bailan horas y horas.
   No pasa nada más. Los sueños generalmente no tienen argumento; tienen situaciones.
   Recuerdo otro sueño, un sueño que tuve, y que se repitió una segunda vez, aunque con variantes, con matices distintos. Por una extraña razón, yo estaba condenada a muerte —o sea, que yo sé lo que es estar condenado a muerte—, estaba condenada a muerte y estaba desesperada, y lo más absurdo es que estaba condenada a muerte porque me había puesto una falda. Y yo gritaba: «¡Por favor, sacadme de aquí!». Y Julio me decía: «Bueno, qué le vamos a hacer, las cosas son así». Y yo: «Pero que me van a matar mañana, ¡que es mañana cuando me van a matar!». Y Julio: «Sí, ya, pero qué quieres...» Y mi hijo Juan Pablo igual. Se reía.Y yo les agarraba desesperada. Se marchaban, y a mí me iban a matar mañana.Y, en efecto, venían con bata blanca, me aferraban por las manos y se me llevaban. Pasábamos por un sitio rarísimo, con canalillos en el suelo, como si fuera un matadero, canalillos para que corriera el agua o la sangre. Y yo me resistía, y me resistía, y me resistía. Y Julio me decía, al otro lado de la puerta: «No te preocupes, porque cuando mueras estarás ya en el otro mundo y no te enterarás de nada». Y yo desesperada, horrorizada, gritando, gritando: «¡ Socorro, Julio!». Tuve dos veces este sueño... Y no era un sueño dirigido por mí, claro.

INSERT COIN, José Luis Gracía

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JOSÉ LUIS GARCI, Insert coin, Reino de Cordelia, Madrid, 2018,192 páginas.

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Agradece el cineasta en Déjate de cuentos (pp. 9-12) al editor, Jesús Egido, que «estas veinticinco narraciones desperdigadas por mi vida, vean otra vez la luz.»
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CIEGOS

   Lo escribo tal y como me lo contaron. Luis es ciego de nacimiento. Trabaja en la ONCE. Desgraciadamente, los padres de Luis sufrieron un accidente mortal en la M-30. Un autocar —le fallaron los frenos— arrolló por detrás el Seat en el que iba el matrimonio. Desde entonces, Luis vivió con sus abuelos maternos. Cuando Luis cumplió dieciocho años, sus abuelos, preocupados porque sabían que, más pronto que tarde, ellos también se irían de este mundo, le compraron al chico un magnífico pastor alemán, «Barry», para que cuidara de él. Y eso hizo Barry durante una década. Hace un par de días, Barry agonizó en la clínica Cerbero, en la Avenida del Mediterráneo. Lo que Luis nunca supo, hasta ayer, cuando la veterinaria Luisa Villarejo se lo comunicó, es que Barry también era ciego.

ENSERES DE ORTOPEDIA INÚTIL, Harkaitz Cano

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HARKAITZ CANO, Enseres de ortopedia inútil, Hiru, Hondarribia, 2002, 132 páginas.

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EL JUEGO DE LOS VIERNES

   El juego en sí no tenía nada del otro mundo, era bien sencillo: en el Boulevard había dos cabinas de teléfono bastante alejadas entre sí, de una a otra había exactamente ochenta pasos. La medición exacta de la distancia era además muy importante para el correcto desarrollo del juego. Por otra parte, en la mitad del Boulevard, a cuarenta pasos de cada una de las cabinas, había una marca roja, una cruz roja pintada sobre un sumidero redonde del alcantarillado. Se reunían allí todos los viernes por la tarde, después de salir de la escuela. Para empezar el juego se colocaban sobre la cruz rojoa pintada en el sumidero. La competición se hacía de dos en dos: se daban la espalda, mirando cada cual a su cabina y tocando con la mano izquierda la derecha del contrincante, para que ninguno de los dos tuviera la más mínima ventaja. Luego, el que había sido nombrado juez -normalmente alguno a quien no le gustaba bailar o no era especialmente hábil corriendo- silbaba y bajaba el pañuelo que sujetaba con la mano derecha, dando inicio a la carrera. Esto es lo que había que hacer: llegar corriendo a la cabina antes de que el contrario alcanzara la suya, abrir de golpe la puerta de biombo y luego, con el auricular en la mano, marcar lo más rápido posible un número de teléfono previamente establecido por los contrincantes.
   Había que invitar a bailar a quien respondiera al otro lado de la línea. Evidentemente, casi siempre era el que primero llegaba y primero marcaba quien conseguía la cita. Mientras tanto, el que estaba en la otra cabina telefónica, a ochenta pasos -hablemos claro: el perdedor- oía la señal intermitente de que estaba comunicando.

PENSAMIENTOS EMERGENTES DE UNA MENTE SUMERGIDA, Miguel Cobo Rosa

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MIGUEL COBO ROSA, Pensamientos emergentes de una mente sumergida, Libros al Albur, Sevilla, 2018.
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Me pierdo sin salir de mí.


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La frágil planta de la ilusión la sostiene el quebradizo tallo de la decepción.


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Procuro pensar cada día un poco más, para que no llegué nunca el día menos pensado.
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Cuando la vida se vuelve del revés, son visibles todas sus costuras.


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Cuanto más pequeña sea tu maleta, más hermoso será el viaje.

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Entre alcanfor y naftalina tus recuerdos son sólo el traje antiguo de una vida raída.

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La canción del invierno es el frío interior de la nostalgia.
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Si un héroe, antes de su hazaña, piensa en su estatua, su corazón ya es de piedra.

LUNES Y MARGARITAS, Maite Moreno

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MAITE MORENO, Lunes y margaritas, Maite Moreno, 2016, 2002 páginas.

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CURIOSEANDO

   Llueve con ganas, el cadáver lleva casi dos horas esperando a que llegue el juez. Creí que no lo taparían nunca, pero a los pocos minutos de llegar la policía, el dueño del bar desde el que estoy observando lo que va sucediendo, les llevó un plástico:
   —Está nuevo — les dijo—. Lo he comprado hoy.
   Uno de los agentes lo desplegó y lo echó sobre la víctima. Es una mujer joven, muy delgada, su melena empapada ha quedado pegada sobre su cara y me recuerda a esos maniquíes en la acera esperando a que se los lleven los servicios de limpieza.
   El camarero del bar me sirve el café muy nervioso y como queriendo disculparse, me informa.
  —Es una vecina del barrio y la dueña de un comercio de ropa femenina. Muy habladora y alegre —sonrió recordándola—. La de veces que he charlado con ella — exclamó apesadumbrado.
   Lo llama su jefe desde la barra, hay una mesa sin servir.
   —Tiene novio —. Regresa con una cerveza que no he pedido—. Va a buscarla todos los días —se le escapa un gesto de «se merecía algo mejor» y tras una leve pausa prosigue—. No es muy hablador, sí muy educado. Ya he informado a la policía de que hoy no ha ido a buscarla y que a mi me da mala espina ese novio.
   —Una muerte no es algo lúdico —le digo— una persona puede verse en un gran apuro por un comentario inoportuno.
   Mis palabras le molestan, muy serio se queda pensando, pero prudentemente calla, no quiere provocar. Hace un movimiento con los hombros, que dicen lo que calla.
   —No es de este barrio, ¿verdad?—. Cambia de conversación, pero no le contesto.
   —¿Trabaja cerca?
   —Sí—le respondo.
   —¿Y de que va su trabajo?
   —Traslado cuerpos sin vida.

LA VUELTA AL MUNDO EN 80 MÚSICAS, Andrés Amorós

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ANDRÉS AMORÓS, La vuelta al mundo en 80 músicas, La Esfera de los libros, Madrid, 2018, 408 páginas.
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En el Preludio (pp. 15-20) Amorós señala el origen de este tomo subtitulado Las obras y autores imprescindibles de música clásica, popular y de cine: su programa de radio Música y letra.
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MACAO EN CHINCHÓN
[Erik Satie: Gymnopédies en Una historia inmortal, de Orson Welles]

   A Orson Welles le llamaban «el Genio» por antonomasia. No me parece excesivo. A los dieciséis años, sin cortarse un pelo, ya representaba a Shakespeare. (Siguió haciéndolo, toda la vida).
   Siete años después, el 30 de octubre de 1938, en la radio, la voz de un locutor presentaba un presunto noticiario: «El profesor Morse, de la Universidad McGill, informa que ha observado tres explosiones en el planeta Marte...». Al joven Welles se le había ocurrido dramatizar así la clásica novela de H. G. Wells, La guerra de los mundos, pero los oyentes creyeron que era una noticia real y cundió el pánico en Nueva York.
    A los veinticinco años, dirigió su primera película, Ciudadano Kane, una de las más innovadoras de la historia del cine.
   Rebasados ya los cincuenta, rodó Welles una de sus más singulares películas: Una historia inmortal, basada en un relato de Karen Blixen, también conocida como Isak Dinesen (popularizada por Memorias de África). La voz narradora de Welles cuenta una historia que parece sacada de Las mil y una noches o de la Biblia.
   En Macao, en el siglo XIX, un viejo comerciante, Charles Clay (es decir, «arcilla», como la tierra originaria, algo cercano pero no igual a Kane), al que otorga su imponente presencia Welles, paga a un marinero para contemplar cómo deja embarazada a su mujer. Es una historia simbólica, ambigua, mistenosa; según Jean Renoir, en la presentación, «el sueño de un niño que se ha convertido en hombre». Queda clara, eso sí, la locura del personaje que se cree todopoderoso (como Ciudadano Kane; como Quinlan, en Sed de mal; como Mr. Arkadin).
   Produjo la película la televisión francesa, con dos condiciones: que se rodara en color (la primera vez, para Welles) y que durara menos de sesenta minutos. Esto último fue fatal para la explotación en salas comerciales: no era un corto ni un largometraje. (En España, se proyectaba junto a un largo documental de François Reichenbach sobre su amigo Orson Welles).
   El presupuesto que tenía era escaso: por amistad, consiguió que actuara una estrella de la categoría de Jeanne Moreau (que también había participado en la shakesperiana Campanadas a medianoche). Lo más curioso es que a Welles le bastaron unas telas colgadas de los balcones, con unos garabatos pintados, como si fueran letras del alfabeto chino, para que una Plaza Mayor típica de un pueblo castellano, la de Chinchón, muy cerca de Madrid, se conviniera en la imagen cinematográfica de Macao.
   La película presentaba también un interés musical: utilizaba —por primera vez en el cine, según creo— una de las Gymnopédies de Satie, un personaje verdaderamente fascinante: pianista de cabaret, bohemio, bromista; amigo de Cocteau, Ravel y Debussy; colaborador de René Clair.
   Satie se definía como «un músico medieval que, por casualidad, deambulaba por el siglo XX». Su sentido del humor se traslada a los títulos de sus músicas: Obras frías; Melodías para huir; Danzas al revés; Tres fragmentos en forma de pera; Música de mobiliario destinada a ser ignorada...
   Según creo, las gimnopedias eran las fiestas anuales que se celebraban en Esparta en honor de Apolo. Con esta música, Erik Satie intentaba evocar la inmovilidad de los bailarines, en los vasos griegos; es decir, una atmósfera sencillísima, desnuda, casi hipnótica. De esta obra, escrita para piano, hizo una hermosa versión orquestal Debussy; mucho después, ha hecho otra el grupo de rock sinfónico Blood, Sweat and Tears. (Las tres versiones son preciosas).
   En los últimos años, la música de Erik Satie, tan original, se ha puesto muy de moda: es un claro antecedente de la actual música «minimal», repetitiva. Con su sencilla solemnidad, crea la atmósfera adecuada para esa misteriosa historia que Karen Blixen situó en Macao y que Orson Welles localizó en la castiza Plaza Mayor de Chinchón, donde todos los años tiene lugar un tradicional festival taurino...
   Conocí yo una mañana a Orson Welles: estábamos tomando el aperitivo en la terraza de un café francés, con Luis Miguel Dominguín, Ernest Hemingway y varios amigos del diestro, que iba a torear esa tarde. Cuando llegó Orson, borró a todos con su poderosísima personalidad.
   Recuerdo muy bien que me enseñó una cicatriz en el brazo, diciéndome que era la cornada de un toro, cuando él —aseguraba— actuaba como novillero, por los pueblos sevillanos.
   He intentado comprobar la veracidad de esa historia, pero me ha sido imposible: por ningún lado aparecen datos de ese misterioso novillero norteamericano. ¿Se tratará de un fabuloso embuste, uno más de los que él prodigaba? Es muy posible, recuérdese la tesis de su película F for Fake (en España, Fraude): lo propio del creador es la mentira, ser —como escribió Pessoa—un «fingidor».
   Tampoco es imposible que aquel joven que recitaba a Shakespeare, el mismo que asustó a los norteamericanos con su programa de radio y que revolucionó el cine, con su primera película, intentara también la loca aventura de ser torero. Así era «el Genio» Orson Welles, que eligió la música de Erik Satie para el misterioso clima del relato de Karen Blixen.