INFIELES Y ADULTERADOS, Juan José MIllás

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JUAN JOSÉ MILLÁS, Infieles y adulterados, Nórdica, Madrid, 2014, 96 páginas.

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Subtitulado Cuentos de adulterio, los microrrelatos cuentan con las ilustraciones de Pablo Auladell, Javier Olivares, Emilio Urberuaga... y hasta otros once artistas de igual prestigio que colaboraron en la exposición exhibida en el Museo ABC.
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LA MUELA DE HOLGADO

   Vicente Holgado coincidió al entrar en un prostíbulo de la calle de Die­go de León con un cuñado suyo que salía en ese momento, e hizo como que iba al dentista.
   —Me está matando esta muela —dijo—. A ver si me la quitan de una vez. ¿Y a ti qué te pasa?
   Su cuñado pareció aceptar el juego y dijo que se acababa de hacer una endodoncia. Vicente notó que la chica de la puerta los miraba de forma rara, pero sin duda estaba acostumbrada a toda clase de perversiones y no intervino.
   —Que no te hagan daño —dijo el cuñado bajando precipitadamente las escaleras.
   El domingo siguiente los dos matrimonios se encontraron en casa de Vicente para comer una paella. Las dos mujeres eran hermanas gemelas y habían impuesto esta tradición desde que se casaran. Ninguno de los hom­bres mencionó el asunto del dentista y la comida discurrió por los cauces habituales hasta que la mujer de Vicente comentó que el jueves anterior (el mismo en el que ellos se habían cruzado en el prostíbulo) ella y su hermana habían coincidido casualmente en el ginecólogo.
   El asunto habría carecido de importancia de no ser porque las ge­melas intercambiaron sonrisas de complicidad y sobrentendidos en torno a la consulta, Vicente empezó a molestarse, y en un aparte preguntó a su cuñado qué significaban aquellas risitas.
   —No sé. Será un ginecólogo guapo o algo así.
   —Eso no da risa —respondió Vicente—. Debe de tratarse de otra cosa. A lo mejor coincidieron en un prostíbulo y quedaron de acuerdo en decir que había sido en el ginecólogo.
   —¿Y a ti qué más te da, hombre?
   A otra persona le habría dado lo mismo, pero Vicente era un hombre muy obsesivo y empezó a martirizarse. La idea de que su mujer acudiera a un prostíbulo de hombres le ponía enfermo y no estaba dispuesto a acabar la comida sin aclarar las cosas.
   —¿Y ese ginecólogo del que habláis no será un prostituto? —pregun­tó a los postres, animado por el vino.
   Las gemelas se rieron de la ocurrencia y se pusieron a recoger los pla­tos, lo que a Vicente le pareció muy sospechoso.
   «Las he pillado», pensó, y fue detrás de ellas hasta la cocina insistiendo en el asunto sin sacar nada en claro.
   Tras el café, pusieron sobre la mesa el tapete verde y comenzaron una partida de cartas. Vicente jugaba de pareja con su cuñado, pero no daba pie con bola. Madrid era una ciudad llena de perversiones, lo sabía por ex­periencia, y no sería raro que su mujer llevara una vida secreta. Resultaba muy fácil llevar una vida secreta, sobre todo teniendo una hermana gemela; de hecho, él llevaba tres o cuatro vidas secretas, pese a ser hijo único.
   —¿Qué te pasa? —preguntó al fin su cuñada—. Te encuentro muy distraído hoy.
   —Es que estaba dándole vueltas a la coincidencia de que el mismo día que vosotras os encontrasteis en el ginecólogo, éste y yo también tropeza­mos en la consulta de un médico.
   El cuñado hizo una mueca extraña, aunque, como estaban jugando al mus, podría tratarse de una seña.
   —¿De qué médico? —preguntó la cuñada.
   —Del dentista. A tu marido le hicieron una endodoncia y a mí me sacaron una muela.
   Las hermanas se rieron de la gracia de Vicente y siguieron jugando.
   Vicente esperó unos minutos a que sucediera algo, pero sólo se suce­dían las cartas sobre el tapete verde y las ideas obsesivas por el interior de su cabeza. Jugaban con unos garbanzos que empezaron a parecerle verrugas. Perdió tres manos seguidas, y a la cuarta, mientras barajaba, dijo:
   —En realidad, no era el dentista. Era un prostíbulo. El salía y yo entraba.
   Su cuñado solió una carcajada que las hermanas acompañaron con grandes aspavientos, como si hubiera dicho algo graciosísimo. Nunca nadie se había reído de sus ocurrencias de ese modo, por lo que Vicente pensó que las mejores ocurrencias eran las que ocurrían y repartió las cartas.
Kike de la Rubia

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