LA SOLEDAD DE LOS VENTRÍLOCUOS, Matías Candeira

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MATÍAS CANDEIRA, La soledad de los ventrílocuos, Tropo, Huesca, 2008, 178 páginas.

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TODAS LAS POSIBILIDADES

   No mucha gente sabe que hay un almacén de armas en la parte norte de esa montaña que se vislumbra al fondo, rodeada de bruma, prohibida, y no hay que dar más explicaciones. En la oscuridad, al cruzar la puerta llena de cerraduras (¿demasiadas, quizás?) se mueven voces discretas, el corazón del visitante puede comprimirse un poco ante tal cantidad de receptáculos, y el resto ya se conoce. Cabe la posibilidad de ponerse andar y estudiar este gran muestrario: sables brillantes, piedras, innegables ametralladoras todavía echando humo por el cañón. Ah, pero también hay frasquitos con líquidos verdes y sospechosos, útiles para pavos, faisanes o copas de vino si el rey tiene a bien dormirse. Y del mismo modo allí el visitante encuentra, puede ser que respirando más agitadamente en este punto, esas otras armas de tanto renombre y tradición: una quijada, una cobra viva, una guillotina del color exacto de un hueso (¿serán esos restos la sangre de María Antonieta?).
   Ante tal lección dc historia humana, en este almacén, hemos dicho prohibido (se nos olvidó el término «terrible»), ¿qué podría esperarse que sucediera? ¿Sentiría el visitante de pronto, como ahora, una avidez inesperada? ¿Sería posible?
   En este almacén las cosas suelen seguir su curso, su oscuridad se hace más tibia, fluye. Y aunque esta afirmación no siempre es exacta del todo, parece que el visitante empieza a buscar un interlocutor y explora esas otras cavidades, las que están a su izquierda y son más profundas, seguramente con intenciones nada amistosas. Pero la certeza de este instante es terrible, porque rara vez encuentra ninguno. Casi siempre corre hacia la puerta —¿no hemos dicho ya que tenía demasiadas cerraduras?—, intenta abrirla, chilla, la golpea, y después, sabiendo quizás que nadie va a descorrer esos cerrojos, el visitante escoge una de estas armas, ahora tan útiles.

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