EL REINO DE LA NADA, Emilio Gavilanes

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EMILIO GAVILANES, El reino de la nada, Menoscuarto, Palencia, 2011, 142 páginas.


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Los relatos cortos contenidos en este libro exhiben la maestría, habitual en Gavilanes, en la torsión de las formas breves.
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LA VISITA

   Se le ocurrieron dos disculpas para visitarla: era Navidad y le habían dicho que se encontraba enferma.
   Le abrió ella misma, en bata, sin arreglar y con gesto de que le doliese algo. Al verlo, se cerró la bata por el cuello con una mano y con la otra se echó el pelo hacia atrás para dejar la cara despejada. «Pasa, pasa», le invitó, azarada. «¿Y cómo...?» «Me han dicho que estabas enferma. Y tenía muchas ganas de verte. ¿Estás sola?» «Sí», dijo ella como avergonzada. «Claro. Es muy fácil querer a alguien con salud.» «Ha salido un momento», cortó ella, que no escuchaba, concentrada en justificar que estuviese sola. «¿Te sigue pegando?» «Muy poco. Ahora me quiere mucho. Y yo tengo todo lo que necesito. No tenías que... Me alegro de que hayas venido, pero no tenías que haberte molestado. Estoy muy bien. Es este dolor.» Se tocó un costado. «Pero ya no me duele tanto», y se rio sin ganas, intentando borrar el dolor de su gesto. «Siéntate. Ya ves que esto es pequeño y está todo revuelto, pero es cómodo.» Hacía mucho calor y el aire estaba muy cargado. «¿Te traigo algo?», preguntó él. «No, no. Siéntate. ¿Quieres tú algo? Te lo traigo yo», e hizo un intento agotado de levantarse. Él le hizo una señal con la mano para que no se moviese. «Si no fuese por este dolor, sería todo perfecto», dijo ella y miró alrededor como para demostrar que saltaba a la vista. «¿Quién te ha dicho dónde vivo?» Él la tumbó en el sofá, la tapó con una manta y abrió la ventana. «Le han dado un trabajo. No va a tener que viajar.» Mientras ella hablaba, él recogía cosas y ponía orden en la habitación. «¿Por qué haces esto? Ya sabes que yo le quiero a él. Aún te tengo cariño, pero le quiero a él. La belleza son muchas cosas.» «Sss. Descansa.» Cuando acabó de ordenar, dijo que se iba. La mujer salió a acompañarle. «¿Has visto qué perchero más bonito?» «No salgas. A ver si vas a coger frío.»
   «Dios mío, ¿qué sé yo del amor?», se preguntaron los dos a la vez cuando se cerró la puerta.

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